Muchos accesos a tiendas, edificios públicos, gimnasios, incluso tu propia web, se nutren del Internet de las cosas, IoT; también lo hace la Educación.

La IoT contabiliza quiénes, cuánto, cuándo, como acceden a cada sitio, físico o virtual. Gracias a ello los empresarios deciden posición de expositores, productos comercializados, horarios, personal necesario. En las ciudades todo se monitoriza: cámaras, sensores, contadores de personas, detectores de flujo. En la industria se monitoriza todo; todo. Ya nos hemos acostumbrado; en parte…

Siempre hemos dejado huella: en el barro, y servía para encontrarnos. Luego “de carbono”, y sabemos como agredimos al planeta. Por fin la huella digital, con la que mantenemos ambivalencia afectiva: buena si hay que detener asesinos, pero nos escuece poder ser rastreados; ¡privacidad! No queremos perderla, pero no hay problema en subir stories a las RR.SS., insultar por Twitter, opinar en foros, juzgar algo en el «chat de padres del cole»… Todo eso contiene IoT, y deja huella, accesible, pública en muchas ocasiones, en muchas ocasiones permanente.

La IoT en Educación es una herramienta inmejorable, que el confinamiento ayudó a señalar: se supo quien, cuando, como, qué tiempo empleó en desarrollar sus tareas escolares, textos consultados, páginas de los textos, en definitiva, casi todo lo relativo a su formación. Eran datos in-con-tes-ta-bles: si Manolito promete que ha estudiado 2 horas, y señala la plataforma que no ha abierto los contenidos digitales del cole, Manolito-no-ha-estudiado; ¿cazado? ¿Qué sus padres sepan eso, le roba privacidad a Manolito? ¿Te la roba el que tu ordenador en la oficina, sepa que eres tú? Además, Manolito se sirve de foros, talleres, simuladores, vídeos… Y también, puede holgazanear, como hiciera antes; pero ahora lo constatas… Las cosas han cambiado; incluso el Mºde Educación lo identifica (Nuevas cualificaciones, números 11, 19, 31 a 33).

La IoT ha llegado a la Educación, y se va a quedar…

El querer digitalización, y la queremos (teléfonos, tablets, portátiles, smart-tv, navegador del coche, smartwatch), implica consecuencias y responsabilidades: como adultos hay que estar encima de los menores, controlando su uso de las TIC; las libertades que nos permiten las TIC, también nos atan. Menos mal que ya somos conscientes de ello… ¿Lo somos?

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